Jaime E. Peñaloza Durán: El ocaso de las burlas

Inicia la semana comprendida entre el domingo 16 y el sábado 22 de mayo. Es el día 136 del año y faltan 229 para que finalice 2021.

Celebraciones: Hoy se celebra el día de la Convivencia en Paz. Del Compositor Venezolano. Lunes 17 día de las Telecomunicaciones, del Internet y del Contador Público. Jueves 20 día de la Radio en Venezuela, del Publicista y del Cronista.

Pensamiento: “El verdadero idioma universal es aquel capaz de lograr unir a las personas en torno a una convivencia que garantice tolerancia, respeto mutuo y paz espiritual” Jaime E. Peñaloza Durán.

Entérate24.com- ¡No!, no fue mentira, ciertamente muchos pasaron por las mismas vivencias, y por supuesto a cada uno le correspondió participar en su momento de la triste experiencia de la burla que se le hacían a los llegados de otras latitudes.

Especialmente a quienes por razones de idioma, costumbres, culturas religiosas o sencillamente las vestimentas que usaban, les convertía en presas fáciles de las burlas que con placer disfrutaban los muchachos, y algunos no tan muchachos que perdieron la oportunidad de pasarse el switch, y en lugar de practicar un balurdo bullying con estos extranjeros, debieron aprovechar la sabiduría y experiencias que traían desde sus lejanas tierras, como un buen aporte para el desarrollo del país.

Contra esos duros trabajadores fueron usados un sinnúmero de sobrenombres o remoquetes tendentes a causarles malestar. Las burlas, quizás por razones de lingüística pasaban desapercibidas por los oídos de estos emigrantes, quienes curiosamente en muchas ocasiones sonreían dejando a su mímico conversador con la duda de no saber si la burla fue aceptada, o si por el contrario él se burlaba de este improvisado políglota con complejos de experto en glosolalia, que al final terminaba tarzaneando un idioma que nunca llegaba a dominar.

Que los muchachos se burlaran de los extranjeros no era tan grave como presenciar a muchos adultos sometiéndolos al escarnio público, llamándolos ofensivamente de diferentes maneras por el hecho de que estos señores agobiados por el exceso de trabajo, poca atención prestaban a los cambios de ropa, el baño todos los días y el uso del desodorante. La rutina laboral de estos señores en muchas ocasiones se cumplía de lunes a lunes, hasta con dieciséis horas de trabajo diario, que los execraba de lujos superfluos y hasta de mínimos detalles personales.  

Los venezolanos en cambio –quizás por estar en su tierra- no se perdían una fiesta, o un paseo a cualquier parte, especialmente sábados y domingos cuando al despuntar el alba ya la ruta a la playa estaba decidida; a esa hora podía observarse al portugués del abastos, clasificando las frutas y verduras compradas a las cinco de la madrugada en un mercado mayorista, para satisfacer las necesidades del fin de semana de los vecinos de la zona.

Luego, pasadas las nueve de la noche cuando se regresaba de la fiesta playera, más de un osado alcohólico con ganas de seguirla, tocaba la Santamaría del negocio del portugués con la pretensión de comprar las cervezas del estribo o sencillamente las más frías para sacar el ratón que pesadamente era lo único que quedaba de aquel soleado paseo. Generalmente se la solicitaban fiadas, a lo cual “el lusitano” procedía cuidadosamente a anotar en una libreta-índice, en prevención de cualquier olvido etílico que tuviera su mal acostumbrado cliente, faltando de esta manera a un principio establecido como regla de oro para los bebedores, y es que “la caña no se fía”; pero, así eran estos incansables trabajadores, de bata blanca, gorras de medio lado y con el respectivo bolígrafo “kilométrico” por encima del pabellón de la oreja. 

Con la periodicidad de uno o dos domingos al mes el portugués del abasto se le veía desfilar alegremente con la familia impecablemente vestidos, encaminados a dar cumplimiento con el sagrado compromiso de la misa religiosa de última hora de la tarde. Durante la travesía por el sector donde vivía siempre fue objeto de burlas y chanzas, por lo general tratando burdamente de imitar el cantadito de un idioma más brasileño que el portugués nativo de esta gente.

Con el auge de los edificios residenciales y la necesidad de contar con un conserje, la mayoría de estos trabajos fueron realizados por excelentes trabajadoras italianas, portuguesas y más tarde lo que se convirtió prácticamente en una hegemonía colombiana. A estas señoras jamás le faltó dos cosas en navidad; la sobre saturación de hallacas y pan de jamón obsequiados como aguinaldo por los copropietarios, y la detonación de un sorpresivo tumbarrancho en la reja de la conserjería lanzado en la madrugada del año nuevo por algún atrevido joven o por un desadaptado adulto en estado de embriaguez.

En la calle, jamás alguien compro un helado a un vendedor que no fuera haitiano, arubeño o curazoleño, y más tarde dominicano, quienes se zumbaban un clavado de cabeza en aquel cajón incrustado en un carrito con ruedas, para buscar el del sabor predilecto del niño, helado que casualmente siempre estaba perdido en el fondo. Por cierto, a estos recios tocadores de la campana que avisaba la llegada de esa exquisitez de sabores con variados colores y formas, jamás se les escuchó quejarse por el frío del hielo seco usado para mantenerlos congelados permanentemente.    

Cuando se veía algún extranjero de cualquier país asiático, no faltaba la mala costumbre de cantarle en son de burla y además cambiada la letra de la canción “Chino Li wong” coreándoles entonces… Chino Li wong… chinito Li wong… te pasas la vida, con un pantalón. Como si todos los asiáticos fueran chinos, y además, no tuvieran más que un pantalón ¿cierto?, otros en una burda imitación del idioma y con exceso de abuso les gritaban, chino… malico… chino lalon…   

Y que dé los primeros italianos residenciados por lo menos en los campos petroleros, que al pasar frente a los muchachos siempre se les gritaba a coro, italiano… come burro… italiano come macarrones… y esto se convertía en una retahíla de burlas por donde ellos anduvieran.

Por cierto, los italianos y portugueses fueron la salvación de las tardes de juego de pelota caimanera, cuando en una motocicleta del tipo “sidecar” llevaban hasta los barrios y urbanizaciones el correspondiente pan para la cena, además de las inolvidables señoritas bien cargadas de sal en las puntas que con toda seguridad hacían descuadrar las cuentas del inventario de la respectiva panadería.

Con relación a los norteamericanos siempre se les vio con recelo, probablemente con rabia y quizás con algo de temor confundido con respeto. Tal vez por ser estos una colonia minoritaria frente a los otros, casi pasaban desapercibidos, y rara vez se escuchaban comentarios adversos contra los “gringos”, que por demás eran prácticamente los dueños de las empresas petroleras.

La colonia de árabes resultó conformada por excelentes profesionales “afiladores tradicionales”, que deambulaban por las calles ofreciendo el servicio de afilar cuchillos y variados instrumentos cortantes o punzantes, como tijeras y otros. Eran popularmente conocidos por aquella vieja e inconfundible melodía de la zampoña, usada para avisar a los residentes de la zona que ya estaba presto a recuperar el filo mellado de los instrumentos casi siempre de cocina. Maliciosamente desde las ventanas de las casas no faltaba alguien que escondido detrás de las cortinas los llamara solo para hacer que se regresaran fallidamente, pues en efecto no tenían nada que afilar, pero en cambio disfrutaban de una solitaria burla provocada únicamente para el disfrute de ellos mismos.

Otros paisanos árabes fueron los encargados de arreglar los zapatos a domicilio; durante su faena pasaban mucho rato sentados en el piso y recostados a la pared llevando a cabo el proceso de reencauchar los zapatos viejos ya con la suela rota o gastada. Durante su dedicada labor, a este muy callado “zapatero remendón”, nunca se le escuchaba palabra alguna, excepto la de notificar el costo del trabajo antes de iniciar el corte de la lámina de suela previamente humedecida con agua para facilitar el corte con una navaja cuyo impresionante filo al más guapo lo aterraba.

En cambio a los “turcos”, se les hacía permanecer en el pasillo o puertas de las casas hasta más de una hora, en una verdadera batalla de indecisión de un cliente pidiendo hasta el último céntimo de rebaja, versus la paciencia comercial y regateo que estos indescifrables trabajadores traían desde su país. Al final, después de un paciente estira y encoje se les terminaba comprando en solitario una simple sábana o un floreado mantel que se cancelaría en cómodas y largas cuotas.

De acuerdo a esta forma de pago, posiblemente con los dos primeros abonos el marchante –como entonces se les llamaba- seguramente sacaba el costo del artículo, cuyos pagos semanales, evidenciaban la cuenta pendiente, que cuidadosamente y con números garabateados registraban en una libreta muy pequeña pero con impecable minuciosidad, el registro de los pagos realizados y el saldo deudor.

El rápido avance en todas las áreas del comercio, aunado al riesgo de prestar esos servicios profesionales de manera domiciliaria, hizo que desaparecieran de la cotidianidad la entrega del pan y la leche en las madrugadas caraqueñas. Igualmente, el pan de a locha que a las cuatro de la tarde dejó de llegar a los hogares después de la siesta para el acostumbrado “puntal” como bien lo llamaban los andinos. Tampoco se verían más los sábados al final de la mañana las camionetas con membrete de alguna lavandería y tintorería entregando casa por casa guindando de una percha la impecable ropa que sería usada esa noche sabatina en cualquier compromiso social, al que se estuviera invitado.

Por temor a la inseguridad, los portugueses dejaron de llevar el mercado a las casas de los clientes que vivían distantes al negocio, usando aquellas camionetas con cabina, o con la ayuda de la carrucha cuando las casas relativamente estaban cerca. Igualmente ocurrió con los chinos, que en su acaparamiento de los supermercados centrales de caracas no solo llevaban el mercado sino que el propio cliente participaba del periplo que hacia cualquier “Xiang MinLung” para trasladar el mercado y al dueño del mismo, hasta su casa.

Es placentero destacar que esta variedad de nacionalidades no desaparecieron definitivamente, felizmente dieron paso a nuevas generaciones de personas con interesantes combinaciones físicas delicadamente mejoradas de sus antepasados, consagrando de esta manera, una muy sutil belleza de mujeres híbridas entre lo latino con lo europeo en una muy especial reserva del nuevo gentilicio que superó con creces a los ancestros inmigrantes.

De todas esas mezclas, encontramos gran variedad de colores de piel, con matices de increíbles cabellos naturales, impresionantes estaturas y variados ojos de entreverados colores.

Por todo lo sucedido con la llegada de tantas nacionalidades a tierras venezolanas no ha de sorprendernos, cuando en la cola de la oficina de extranjería para solicitar la renovación del pasaporte, pregunten a los presentes el nombre y lugar de nacimiento y escuchemos responder de esta manera: “Gonçalves Ego Joannes natus est in Caracae caeli in genere; Gino De Rossi, pulchra odio me de Valencia; Ming Huang sum natus in Plaza ante Palomas memorabilia de Vargas in Macuto rei publicae; Akram Abu-Abbar, qui videt me Molleja natus est in terra Maracaibo in dilecto Filio suo Solem; Gubernator Mustafa Özdemir: Ecce ego Guaro Barquisimeto origo est ex Venezuelan carmen, aut Andrew Wilson, Caray drusus nero Puer sum Margariteño”, que usted receptor de la oficina de información muy confundido con el idioma traducirá: “Joao Gonçalves yo nací en Caracas la sucursal del cielo; Gino Rossi, soy de la bella Valencia  industrial; Ming Huáng, nací frente a la plaza de las palomas en Macuto Estado Vargas; Akram Abu-Abbar, ve que molleja yo nací en Maracaibo la tierra del sol amada; Mustafa Özdemir, mire guaro yo soy de Barquisimeto cuna de la canción venezolana, o Andrew Wilson, caray muchacho ñero  yo soy Margariteño”.  

Saludos, vuelvo en una semana

Jaime E. Peñaloza Durán.